Una gigafactoría es una planta industrial dedicada a la producción de baterías de iones de litio para vehículos eléctricos y almacenamiento estacionario en escala de gigavatios-hora al año. El término lo popularizó Tesla con su planta de Nevada, y hoy designa cualquier fábrica de celdas con capacidad de varias decenas de GWh anuales. La capacidad se mide en GWh/año porque indica cuántos vehículos eléctricos puede abastecer: a un promedio de 60 kWh por coche, una planta de 40 GWh/año equivale al orden de 660.000 baterías anuales (calculado a partir de 40.000.000 kWh / 60 kWh).
España aspira a convertirse en uno de los polos europeos de fabricación de baterías al amparo del PERTE para el desarrollo del Vehículo Eléctrico y Conectado (PERTE VEC), el plan estratégico del Gobierno que moviliza fondos públicos y privados para industrializar toda la cadena de valor del coche eléctrico, desde la celda hasta el ensamblaje final. Entre los proyectos anunciados destacan:
- PowerCo (Volkswagen) en Sagunto (Valencia), proyectada como la mayor planta del país.
- Stellantis en Figueruelas (Zaragoza), asociada a la producción local de eléctricos.
- Proyectos adicionales anunciados en distintas comunidades autónomas.
La razón estratégica es doble. Por un lado, la batería representa una parte sustancial del coste de un vehículo eléctrico, de modo que fabricarla en suelo nacional retiene valor añadido y empleo industrial. Por otro, reduce la dependencia de las celdas importadas de Asia, donde se concentra hoy la mayor parte de la producción mundial. La normativa europea sobre baterías (Reglamento (UE) 2023/1542) refuerza este movimiento al exigir trazabilidad, contenido reciclado mínimo y huella de carbono declarada para las baterías comercializadas en la UE.
Conviene tratar con cautela las cifras de capacidad e inversión: muchos proyectos están en fase de anuncio o construcción y las magnitudes definitivas dependen de la decisión final de inversión de cada fabricante. Para el sector del carburante, el despliegue de gigafactorías es relevante porque condiciona el ritmo al que el parque de combustión puede sustituirse por vehículos eléctricos, uno de los factores estructurales que marcarán la demanda de gasolina y gasóleo en las próximas décadas.