El decoupling es el desacople aparente entre el precio del crudo y el precio en surtidor. Es un fenómeno conocido y estructural, no una anomalía: los impuestos son fijos en céntimos por litro y no se mueven con el Brent, el coste logístico tiene su propia dinámica inflacionaria y los stocks introducen retardos de dos a cuatro semanas en la transmisión.
Conviene dimensionar el peso del crudo: la materia prima es solo una parte del precio final. El resto lo componen el coste de refino y distribución, el margen comercial y, sobre todo, la carga fiscal —Impuesto sobre Hidrocarburos más IVA—, que no varía cuando el Brent sube o baja. Por eso una caída del crudo del 20 % nunca se traslada íntegra al surtidor.
En periodos de subidas rápidas del crudo se observa además el patrón rocket and feather (cohete y pluma): el precio sube rápido cuando el crudo sube, pero baja despacio cuando el crudo baja. Es uno de los comportamientos más estudiados de los mercados de carburantes y ha sido objeto de análisis por reguladores de competencia en varios países.
El Impuesto sobre Hidrocarburos recaudó del orden de 12.300 millones de euros en 2024 según la AEAT, lo que da idea de cuánto del precio final es componente fijo ajeno al crudo. Entender el decoupling es clave para no atribuir al "precio del petróleo" movimientos que en realidad responden a impuestos, márgenes o retardos logísticos.