El gas natural licuado es metano enfriado a unos –162 °C para almacenarlo en estado líquido en depósitos criogénicos. A esa temperatura ocupa unas 600 veces menos volumen que en estado gaseoso, lo que le da una densidad energética suficiente para usarse como carburante en vehículos pesados de larga distancia.
En España su uso se da sobre todo en camiones de gran tonelaje en rutas de larga distancia y en el transporte marítimo (ferries y cruceros de nueva generación, donde sustituye al fueloil para cumplir los límites de azufre). La red de surtidores se concentra en los grandes ejes logísticos y puertos. En la clasificación ambiental de la DGT los vehículos de GNL obtienen el distintivo ECO.
Su despliegue como infraestructura de repostaje está respaldado por la Directiva 2014/94/UE de combustibles alternativos, que obliga a los Estados a desplegar puntos de suministro en la red transeuropea de transporte. Frente al GNC, el GNL ofrece mayor autonomía por su mayor densidad, a costa de un almacenamiento criogénico más complejo y de pérdidas por evaporación si el vehículo permanece parado mucho tiempo.
Fiscalmente tributa por el Impuesto sobre Hidrocarburos a un tipo reducido respecto al gasóleo de automoción, lo que es uno de los argumentos económicos para flotas de transporte intensivo. La menor emisión de partículas y NOx respecto al diésel es el argumento ambiental, aunque la ventaja en CO₂ depende del control de las fugas de metano en toda la cadena.