Un turbocompresor es un compresor accionado por una turbina que aprovecha la energía cinética de los gases de escape. Al comprimir el aire de admisión, permite introducir más masa de aire en el cilindro y, con ello, quemar más combustible por ciclo, aumentando la potencia sin elevar la cilindrada.
Es la tecnología clave del downsizing: motores pequeños con turbo producen la misma potencia que motores grandes atmosféricos con menos consumo en uso habitual. Recupera además parte de la energía que de otro modo se perdería con los gases de escape, lo que mejora el rendimiento global.
Hoy prácticamente todos los motores diésel y la mayoría de los de gasolina llevan turbocompresor. En diésel se combina con la geometría variable (VGT) para ampliar el rango de par, y en ambos casos con un intercooler que enfría el aire comprimido para densificarlo.
El uso masivo del turbo es una consecuencia directa de la presión regulatoria sobre el CO2: el Reglamento (UE) 2019/631 obliga a los fabricantes a rebajar las emisiones medias de su gama, y el downsizing turbo fue durante años la palanca principal para conseguirlo en motores de combustión.