El azufre presente de forma natural en el crudo pasa al carburante durante el refino si no se elimina. Su concentración se mide en partes por millón (ppm), equivalente a miligramos de azufre por kilogramo de combustible. El problema es que, al quemarse, genera óxidos de azufre (SOx) que envenenan los catalizadores y los filtros de partículas (DPF), inutilizándolos prematuramente, y contribuyen a la lluvia ácida y a las partículas finas en el aire.
Por eso la normativa europea ha ido rebajando el límite máximo hasta hacerlo casi testimonial. La Directiva 98/70/CE sobre la calidad de la gasolina y el gasóleo marcó las etapas:
- Antes de 1996: hasta 2.000 ppm en gasóleo, sin apenas control.
- 2000: tope de 350 ppm (gasóleo) y 150 ppm (gasolina).
- 2005: bajada a 50 ppm, la generación "de bajo azufre".
- Desde 2009: 10 ppm (10 mg/kg), el estándar "sin azufre" (ultra low sulfur) que rige hoy.
Con 10 ppm, los catalizadores de tres vías, las sondas lambda y el DPF trabajan con su eficiencia de diseño y una vida útil normal. Es la condición técnica que hizo posible cumplir las normas de emisiones Euro 5 y Euro 6 sin que el propio combustible destruyera el sistema anticontaminación.
Para el conductor, la consecuencia práctica es sencilla: toda la gasolina 95, 98 y el gasóleo A que se venden en España cumplen el límite de 10 ppm, tanto en estaciones de marca como low-cost —el azufre no es un parámetro donde unas gasolineras se diferencien de otras—. La especificación aplicable es la UNE-EN 228 para gasolinas y la EN 590 para el gasóleo. Las excepciones son productos no de automoción, como algunos fuelóleos marinos o el gasóleo de calefacción con especificación propia.